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MEMORIA DE SAN ANTONIO ABAD
Thursday, January 17, 2019 - 09:30 to 18:30
CAPILLA DEL SANTÍSIMO

La Catedral celebra la eucaristía en la Memoria de San antonio Abad, a las 10:00 en la Capilla del Santísimo

La enseñanza de Antonio cautivaba a quienes acudían a él. Y, poco a poco, fueron formándose comunidades que tenían como norma el estilo de vida de Antonio. Tradicionalmente se ha visto en este fenómeno el nacimiento del monacato oriental, hacia el año 305. Pero aquellos cenobitas y eremitas no vivían de espaldas a los sufrimientos de la Iglesia. Cuando en el año 311 el emperador Galerio Valerio Maximino Daya inició su cruenta persecución, Antonio y algunos de sus discípulos, que vivían en el desierto sin peligro alguno, se fueron a Alejandría, donde arreciaba la persecución, para alentar a los cristianos en peligro y, si Dios lo quería, morir con ellos. Aunque nadie les puso la mano encima, Antonio, a su vuelta a Pispir, se llevó la gran lección vivida en medio de la persecución: la vida cristiana siempre ha de estar marcada con el signo de la cruz. Y él la abrazó aún con más amor, más entrega y más dureza.

A su ejemplo personal, al don de discernimiento, a los sabios consejos, Dios quiso añadir en la vida de su siervo numerosos y, a veces, espectaculares milagros, con los que garantizaba desde el cielo lo que hacía y decía Antonio en la tierra. Porque es doctrina católica que los milagros sólo Dios puede hacerlos. Y esto lo sabía bien Antonio: Sólo Dios devuelve la salud, decía. Y es Dios quien elige cuándo y a quién. Cuando los beneficiados de su poder taumatúrgico se mostraban agradecidos, replicaba: No es a mí a quien hay que dar las gracias, sino sólo a Dios... El Salvador muestra por doquier su misericordia en favor de los que lo invocan. Curaciones de enfermos, conocimiento de cosas secretas, predicción de acontecimientos futuros o que ocurrían lejos de él, aparición de fuentes de agua en pleno desierto... Todo contribuyó a que su fama se propagara por todo Egipto.

Allí, cerca del mar Muerto, pasó Antonio el resto de sus días. Cuando sabía que estaba cerca su partida, hizo una última visita a Pispir, donde había dejado tantos discípulos a quienes había que animar a seguir en su vocación contemplativa. En Qolzoum, su última morada, se ha ido transmitiendo de generación en generación la tradición de que Antonio es el fundador del monasterio Deir-el-'Arab. Pero el carisma de Antonio no fue fundar ni gobernar monasterios o comunidades. Lo suyo fue la vida eremítica, el cultivo de la vida de unión con Dios en la más absoluta soledad. En su ermita se encontró plenamente con el Señor el año 356. Fr. José A. Martínez Puche O.P.