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Primer Domingo de Adviento
Domingo, 2 Diciembre, 2018 - De 09:30 hasta 18:30
Capilla del Cantísimo

La Catedral celebra la eucaristía este Primer Domingo de Adviento a las 11:00 y 12:30 en la Capilla del Santísimo.

Con el primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo ciclo litúrgico y la lectura del evangelio de S. Lucas, que será el evangelista que nos acompañe, fundamentalmente, en las eucaristías del año que comenzamos. Iniciar un nuevo ciclo o año litúrgico no significa o no debe significar repetir lo que ya sabemos. La finalidad del Adviento está en buscar y descubrir a Jesucristo en el mundo real en el que vivimos, no en el que nosotros quisiéramos. Celebraremos realmente el Adviento si somos conscientes de nuestras pobrezas y limitaciones y nos abrimos a la Palabra de Dios, que en Adviento resume las esperas y las búsquedas del hombre; que nos asegura que esperamos a alguien que va a llegar y a colmar con su presencia nuestras más profundas aspiraciones. Iniciemos, por tanto, un nuevo año, despiertos y vigilantes, como nos dice S. Lucas, para que no nos encuentre el Señor con los corazones embotados con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida (Lc 21,34).

San Pablo insta a los cristianos de Tesalónica, que pensaban que la llegada del Señor era inminente, a que llevaran una vida digna de Cristo, en la que prevaleciera la caridad por encima de todo, para cuando llegara ese momento (1Tes 2,12). S. Lucas nos habla hoy de catástrofes cósmicas ante la venida del Hijo del hombre y de la vigilancia que todo ser humano debe tener para la espera del gran momento. El lenguaje apocalíptico, ajeno a nuestra cultura, y que recogen los evangelios, refleja el miedo y la incertidumbre de las primeras comunidades cristianas, que vivían en el Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús. Nos dice el texto que: habrá signos en el sol y la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas (Lc 21,25-27). Las señales cósmicas son utilizadas principalmente para expresar que también los astros son creaturas de Dios, y que nada ni nadie pondrá en duda la venida del Hijo del hombre. Hasta los astros le obedecerán y se producirán señales que todo ser humano al verlas quedará sin aliento. Lo hará sobre una nube con gran poder y gloria (Lc 21,27). La nube en el Nuevo Testamento aparece en la Transfiguración del Señor (Mt 17,5; Mc 9,7; Lc 9,34) y en la Ascensión del Señor a los cielos (Hch 1,9), y es signo de la presencia y poder divino.

Al contemplar estas cosas, nos dice el evangelista: levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (v.28), y en los últimos versículos del texto de hoy, afirma también: tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. Estad, pues, despiertos, en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre (Lc 21, 24-38).

El Adviento debe despertarnos el apetito de lo esencial. Las lecturas nos exhortan a vivir despiertos, cuidando la oración y la confianza. Vivimos tan embotados con la TV, con internet, las redes sociales, el móvil, las frivolidades de las divas, etc. que hemos perdido la capacidad de escucha, la capacidad de estar solos, de recogernos en la intimidad, de vivir en contemplación, de hacernos las preguntas fundamentales de la vida, para vernos sin caretas, sin disfraces en lo más profundo de nuestro ser, para contemplar con ojos nuevos al Dios que viene. Solamente en el silencio descubrimos el auténtico sentido de nuestra vida, sólo así podemos mirar nuestro pasado con paz y reconciliación, nuestro presente con realismo y el futo con esperanza y abrirnos a la voz de Dios y de los hermanos. Seamos conscientes que durante el tiempo de espera, ante la dilación del Señor, nos amenaza constantemente la tentación de la comodidad, del placer, de la riqueza, del abandono; sólo el que vigila, el que ora, el que no abandona el servicio, será salvado, porque la vida que una persona lleve ahora determinará cómo será su comparecencia ante el Hijo del Hombre. No perdamos la sensibilidad ante la injusticia con los más débiles, llevados por lo inminente y por lo que la propaganda nos mete por los ojos.

Pidamos especialmente en esta Eucaristía: Ven, Señor, Jesús. Sabemos que el Señor está de manera especial en la Eucaristía y que está ahí en medio de nosotros, aunque esté oculto. Por eso celebramos la Eucaristía expectantes mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo, pidiendo entrar en su reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud de su gloria (Oración después del Padre nuestro en la misa). Vicente Martín, OSA