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Vigésimo Tercer Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo, 9 Septiembre, 2018 - De 09:00 hasta 21:30
Capilla del Altar Mayor

Pero todos sabemos que la cerrazón del hombre, su aislamiento, no depende sólo de sus sentidos. Existe una cerrazón interior, que afecta a lo profundo de la persona, al que la Biblia llama el «corazón». Esto es lo que Jesús vino a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir en plenitud la relación con Dios y con los demás. Podríamos decir que la palabra Effetá (ábrete) puede resumir toda la obra de Cristo quiere hacer en nosotros.

Desde otra perspectiva, el pasaje evangélico nos lleva a pensar en la manera como oímos las enseñanzas de Jesús y hablamos de ellas. Dejemos que el Señor, como al sordomudo, se nos muestre cercano y compasivo, que nos lleve aparte, si es necesario, de los círculos cerrados sociales o de pensamiento en que nos movemos y defendemos. Él nos abrirá los oídos para oír lo que debemos oír y nos soltará la lengua para hablar lo que debemos hablar en cada circunstancia.

Desde el Evangelio podemos hoy preguntarnos: ¿Tengo mis oídos abiertos a la escucha de su Palabra o al diálogo con los demás? Me comunico sin “trabas” con Dios o con mis hermanos? ¿Llevo a la gente que no escucha al Señor ante Jesús en mi oración? ¿Soy apostólico o misionero o me encierro en mi propia comodidad? (Vicente Martín, O.S.A.)