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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario
Domingo, 11 Noviembre, 2018 - De 09:30 hasta 18:30
Capila del Santísimo

La Catedral celebra la eucaristía a las 11:00 y 12:30 en la Capilla del Santísimo

La lectura del profeta Isaías completa el mensaje central del evangelio de hoy. Dos viudas son las principales protagonistas: la primera entrega al profeta, enviado por Dios, las migajas que le quedaban para sobrevivir ella y su hijo y la segunda, en su necesidad, es ejemplo de entrega total.

Comienza Jesús advirtiendo a sus oyentes que se cuiden de la hipocresía de los escribas –los especialistas e intérpretes oficiales de la religión– por su ansia de honores y de prestigio, por su ansia de ser reconocidos y saludados en los lugares públicos, por su ambición, por la ampulosidad en sus vestidos, por buscar los primeros puestos, por servirse de la religión para obtener beneficios económicos en favor propio, etc. Pero si hay que evitar la conducta de los fariseos, sí se debe imitar la conducta de la viuda del evangelio. La razón estaba, como Jesús explicó, en que las ofrendas de estos ricos no representaban ningún sacrificio para ellos, daban de lo que les sobraba, de su abundancia. La viuda, en cambio, había echado en el cepillo del templo un cuadrante, el equivalente a la fracción más pequeña de cualquier moneda de la actualidad, su valor como tal era insignificante. Jesús, que observaba la escena, llama a sus discípulos y les explica lo que acaba de ver. Jesús contrapone el elogio de los pobres –representados por la viuda–, a los fariseos que hacen gala de sus donaciones aparentemente grandes.

Esta pobre viuda del evangelio es el símbolo de los pobres y oprimidos, que aun en medio de la fatiga y apuros quieren vivir sincera y generosamente. Jesús la alaba, porque confía totalmente en Dios, se abandona totalmente a él. Esta pobre mujer dio todo su sustento. Son los pobres los que agradan a Dios y pueden aceptar el evangelio: Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6,20). No son los ritos externos lo que agrada a Dios, ni tampoco si damos mucho; el Señor no mira la cantidad del donativo, sino el corazón con que se da; diríamos que a Dios le interesa más bien lo que nos reservamos. Las dos monedillas, el cuadrante, era el verdadero culto, daba de lo que necesitaba para vivir.

En este sentido, este pasaje tiene mucho que enseñarnos. Nos enseña cómo debe ser nuestra entrega a Dios. El hecho de que la viuda diera lo poco que tenía, indica que confiaba enteramente en el Señor. No podemos olvidar que Dios ni necesita ni quiere nuestro dinero, sino a nosotros mismos. Lo que tuvo de especial la ofrenda de la viuda fue que se entregó ella misma dando lo poco que tenía. La viuda con su gesto manifestó que todo lo que tenía le pertenecía a Dios y por eso se lo devolvía en forma de amor. El modo cómo nos relacionamos con Dios y le ofrendamos manifiesta nuestra vida de creyentes y lo que pensamos de Dios. Acaso pensemos que solamente son los ricos los que deben dar, pero no podemos olvidar cómo Jesús se centra en la donación de esta pobre mujer, y lo mismo podríamos decir de la viuda de la que nos habla el profeta Isaías en la primera lectura, que es capaz de dar hasta lo mínimo que tenía. Una vez más, Jesús destaca que lo que importa es lo que viene de dentro, la intención, el corazón, y no lo que viene de fuera, lo material, la ofrenda. Es interesante recordar al respecto cómo el papa Benedicto XVI resume magistralmente el mensaje del evangelio de hoy en una homilía predicada en la ciudad de Brescia el 8 de noviembre del 2019: “…supone la entrega completa de sí al Señor y al prójimo; la viuda del Evangelio, al igual que la del Antiguo Testamento, lo da todo, se da a sí misma, y se pone en las manos de Dios, por el bien de los demás. Este es el significado perenne de la ofrenda de la viuda pobre, que Jesús exalta porque da más que los ricos, quienes ofrecen parte de lo que les sobra, mientras que ella da todo lo que tenía para vivir (cf. Mc 12, 44), y así se da a sí misma”. No entenderlo así, supone desactivar, domesticar el Evangelio, hacer decir al Evangelio lo que a nosotros nos interesa. La palabra de Dios hoy es una bofetada para los que intentan comprar o negociar con la fe.

Podemos preguntarnos ante la actitud de las dos viudas, si nuestra ofrenda, culto o nuestra relación con Dios se parecen en algo a las actitudes de las dos viudas que hemos comentado. Celebrar la Eucaristía nos compromete a mirar sinceramente a Cristo que vivió pobremente y nos invita a preferirle a Él respecto a todo y a todos. Vicente Martín, OSA